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lunes, 6 de agosto de 2007

Pareja

Eduardo es un hombre joven, hace poco me platicó lo que le pasó cuando fue a una playa de vacaciones con sus amigos; ellos le habían invitado de último momento, sin embargo, él tenía todas las posibilidades de asistir a ese viaje.

Habiendo llegado a su destino, los amigos le dijeron que querían ver a un viejo de la localidad que era considerado un sabio, por quienes vivían ahí. Sus demás amigos ya tenían sus preguntas preparadas incluso desde hacía varios meses, pero cuando el anciano le preguntó que quería saber, Eduardo enmudeció por unos instantes y después respondió:

- ¿Sabe?, yo no tenía planeado venir a este viaje y no quisiera ofenderlo, pero no sé que preguntarle. Es casi por coincidencia que estoy aquí.

El viejo le respondió:

- Las coincidencias no existen, busca en tu corazón qué es lo que deseas saber y simplemente dilo.

Siguió respondiendo las preguntas de los demás y cuando al fin regresó a donde estaba él, le dijo:

- ¿Ya sabes qué es lo que te preguntas a veces y no encuentras la respuesta?”

Hacía algunos meses le revoloteaba a Eduardo la idea en la cabeza de que deseaba formar un hogar o tener una pareja definitiva y decidió preguntarle a ese viejo, que sus amigos tomaban como guía, cómo es que podría hacer él para encontrar a su pareja ideal... no sabía describirlo... a aquella persona que sería su alma gemela o la mujer perfecta.

Entonces le preguntó.

- ¿Cómo es que puedo encontrar a mi alma gemela, para vivir con ella el resto de mi vida?

El guía le contestó.

- Tendrás que cerrar por un momento tus ojos del cuerpo y aprender a ver con otras partes de ti.

Entonces Eduardo temió que fuera a ser una mujer desagradable para él físicamente y le dijo, “bueno, pero yo en realidad veo muy bien y tengo gustos muy precisos.”

- ¿Qué quieres entonces?

- Pues deseo a la mujer que siempre he soñado.

- Entonces abre muy bien tus ojos.

Eduardo comenzó a desesperarse, pues creyó que por sólo basarse en la vista corría el peligro de encontrar a una mujer que tal vez no tuviera sentimientos afines.

- Bueno, es que yo quisiera que me des una fórmula, algún consejo, para encontrar lo que quiero.

- ¿Y ya sabes lo que quieres?

- Pues en realidad creo que quiero a mi pareja ideal, pero no sé exactamente cómo será.

- Entonces tienes que aprenderlo, y para ello te voy a dejar una tarea.

- Ve al mar y escoge una piedra tallada por las olas... que se parezca a ti. Ese serás tú. Y entonces deberás encontrar entre las demás piedras a la orilla del mar, una que esté tallada también por las olas y sea la pareja perfecta para la primer piedra que escogiste.

A la mañana siguiente así lo hizo.

Decidió que él era de gustos simples y escogió una piedra lisa y sin aristas, se pensó equilibrado, así que la piedrecilla era lo más redonda posible y como pensó que tenía intensidad en su ser por las cosas que hacía, decidió conservar la de color oscuro.

Y empezó su búsqueda.

El primer día pensó que lo mejor sería encontrar una piedra igual a la primera, así que recorrió mucha distancia y aquellas que no le parecían iguales, las regresó al mar.
Al final del día, recordó algunas de ellas y se preguntaba si realmente eran tan diferentes de como era él, pero ya las había dejado pasar, sería difícil volverlas a encontrar.

Se encontró con que él o su piedra, seguía sola.

El segundo día decidió echarse encima a cuanta piedra cruzó por su camino, que pensaba de algún modo que valiera la pena.

Al final del día tenía una cubeta llena de piedras, pero al mirarlas, tan solo eran piedras y lo que en su momento le parecieron ser las indicadas, a la hora de volverlas a mirar una a una... cada ejemplar era tan sólo la siguiente roca para mirar.

Y pensó, así como escogí a mi piedra, debo pensar en qué cualidades tendría mi pareja ideal y la escogeré.

Entonces a la mañana siguiente, escogió las piedras más hermosas, mientras pensaba... esta piedra es hermosa, mi mujer ideal sería así de hermosa. Luego agarró otra que le pareció práctica, tenía una forma tan peculiar, que hasta le serviría de pisapapeles o algo así. También escogió a la que le pareció diferente a todas, y como cada una de ellas eran tan distintas a él... a su primera piedra, dijo: “tal vez realmente yo no soy así” y empezó a escoger piedras similares a las que había escogido para representar a su mujer ideal.

Al final de ese día si tuvo como tres parejas ideales de piedras, pero las miró y cuando estaba a punto de aventar de regreso al mar aquel guijarro con el que se había identificado días antes, un apego extraño y estúpido por aquel objeto le detuvo.

Realmente él era así como la primera piedra y no deseaba cambiarlo... aunque las otras eran muy bonitas o peculiares, en realidad no eran como él. Esas piedras no le servían.

El asunto se estaba volviendo trivial y hasta de cierta manera obsesivo.

Pasó un día más y sus vacaciones ya casi terminarían. Él no podría vivir recolectando piedras, regresaría al trabajo y sentía de cierta manera, que había perdido días valiosos de su vida por dedicarle semejante esfuerzo a esa empresa, en lugar de irse a practicar algún deporte acuático o pasear, o tal vez conocer chicas reales en vez de andar juntando piedras en la playa.

A la siguiente mañana, miró el mar y estuvo a punto de dar la media vuelta en otra dirección: mientras pensaba que no se rendiría para encontrarla, la razón le tentaba a seguir su vida sin concluir esa extraña tarea que ya le parecía alejada de la cordura.

Finalmente decidió volver a empezar la búsqueda, seguro de que ese día habría de encontrarla; cuando una ola fuerte, arrastró casi hasta sus pies, una piedrecilla oscura, tallada por las olas. Tuvo que correr un poco para que la resaca no se la llevara de regreso al mar, pero al fin la alcanzó. Esa ola de momento le parecía una bendición, para su cansancio ante la tarea y pensó. “Las coincidencias no existen.”

No sabía esa roca era realmente nueva para él o ya la había visto y él mismo la arrojó al mar nuevamente días atrás, situación que era muy probable. Sin embargo, percibía que esa roca estaba lisa y equilibrada, pero al mismo tiempo, era todo lo contrario.

Así que sacó a su piedra... ya se había encariñado con ella y alcanzó a ver que tenían muchas similitudes. En el color, en la falta de prominencias, ambas habían sido talladas por el agua de manera similar... pero su forma era de algún modo diferente... y el tamaño. A pesar de que en peso eran muy similares. Fue entonces que las puso en la misma mano y las sintió. Cerró los ojos, mientras las sopesaba y acariciaba en su mano derecha a la par que oía las olas llegando a la playa sin cesar.

Curiosamente, las piedrecillas parecían amoldarse y se sentían muy bien en su mano. Tal vez eso sólo lo vio al cerrar los ojos del cuerpo y empezar a mirar con otras partes de él.

Después vio muy bien la piedra por todos lados y la verdad es que le parecía linda. La estuvo observando por largo rato , tal vez sin darse cuenta como más de media hora, mientras jugaba con ambas piedrecillas, sentado en la orilla del mar. Quizás de manera instintiva y sin notarlo, pero la realidad es que los 30 minutos anteriores, él había abierto muy bien sus ojos y esa piedra realmente le gustaba para estar con su otro yo, que había sido tallado por las olas.

Respiró hondo, vio los kilómetros de playa que en días anteriores había recorrido y pasó algo muy natural. Él lo sabía en su interior, ya no tenía que preguntarse... “¿y si tres metros más adelante encuentro otra piedra mejor?”. Simplemente algo en su interior se lo decía, que no habría mejor pareja para su piedra que esa. Eduardo simplemente la eligió.

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